Poesía sobre ruedas
Los usuarios de los autobuses urbanos de Granada podrán leer poesía mientras se trasladan de una lado a otro de la ciudad gracias a la iniciativa que ha puesto en marcha el Festival Internacional de Poesía Ciudad de Granada junto a la empresa de transportes Rober. Así, desde el 24 de abril (fecha en la que comenzará el festival poético) hasta su clausura, el 11 de mayo, se podrán leer los poemas de 15 autores internacionales que participarán o ya han participado en ediciones anteriores.
Poemas incluidos en los autobuses 2008
Poemas incluidos en los autobuses 2007
Muerte en el olvido (Ángel González)
Elegía y postal (Ángeles Mora)
Hay mariposas que anidan en tu canto (Roberto Arizmendi)
Ecuador (Benjamín Prado)
Poema con perros (Eduardo Chirinos)
Savoir faire (Claribel Alegría)
Lluvia (Elena Martín Vivaldi)
El juego en que andamos (Juan Gelman)
Escena urbana (Nuno Júdice)
Indeseable (José Emilio Pacheco)
Alta fidelidad (Raúl Rivero)
Muchachas (Gonzalo Rojas)
Nadie nos dice (Blanca Varela)
La eterna disputa (Waldo Leyva)
La marcha de las cordilleras (Raúl Zurita)
Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita..
Ángel González
(Oviedo, 1925)
No es fácil cambiar de casa,
de costumbres, de amigos,
de lunes, de balcón.
Pequeños ritos que nos fueron
haciendo como somos, nuestra vieja
taberna, cerveza
para dos.
Hay cosas que no arrastra el equipaje:
el cielo que levanta una persiana,
el olor a tabaco de un deseo,
los caminos trillados de nuestro corazón.
No es fácil deshacer las maletas un día
en otra lluvia,
cambiar sin más de luna,
de niebla, de periódico, de voces,
de ascensor.
Y salir a una calle que nunca has presentido,
con otros gorriones que ya
no te preguntan, otros gatos
que no saben tu nombre, otros besos
que no te ven venir.
No, no es fácil cambiar ahora de llaves.
Y mucho menos fácil,
ya sabes,
cambiar de amor.
Ángeles Mora
(Rute, 1952)
Hay mariposas que anidan en tu canto
Hay mariposas
que anidan en tu canto.
El sueño llega
con la ilusión silente,
no hay espacio nocturno
que no acoja tus luces
para inventar de nuevo
sin restricción
el universo.
Roberto Arizmendi
(México, 1945)
Yo me siento en las sombras,
prendo un fósforo,
tallo mis esmeraldas, construyo mis panales.
Todo es igual y todo es diferente.
La vida,
que fue un río,
es ahora un océano,
el pasado es la arena y el agua es el futuro.
Hace falta la noche.
Todo está en mí
lo mismo que un clavo en la madera:
cada paso en la nieve,
cada luz apagada,
cada piel encendida.
Todo se ve tan claro.
Es hora de empezar
y yo busco las sombras.
Hace falta la noche para ver las estrellas.
Benjamín Prado
(Madrid, 1961)
Lo conocí en Estambul.
De su boca colgaba un cigarrillo turco
tenía los ojos pequeños
y una vaga expresión de príncipe arruinado.
Nunca lo volví a ver, pero compré su retrato
en una subasta en las afueras de Londres.
Mis hijos hacen un rodeo para no mirarlo,
las visitas se excusan, inventan mil historias,
prefieren no venir.
Mi mujer acaricia el lomo de los perros.
No les teme. Dice que son amigos del hombre.
Eduardo Chirinos
(Perú, 1960)
Mi gato negro ignora
que va a morir un día
no se aferra a la vida
como yo
salta desde el tejado
ligero como el aire
se sube al tamarindo
arañándolo apenas
no lo amedrenta el paso de los puentes
ni el callejón oscuro
ni el pérfido alacrán
mi gato negro ama
a cuanta gata encuentra
no se deja atrapar
por un único amor
como lo hice yo.
Claribel Alegría
(Nicaragua, 1924)
Si la lluvia, manual de nostalgias,
abre su gris presencia.
Si la lluvia recorre los caminos,
si llama con nudillos a las puertas,
si gotea en los cristales,
si acompaña, en silencio, a los amantes,
si apacigua al que llora
y deja su almohada a los enfermos;
si consuela al que triste,
si venda las heridas.
Yo la pido
y la llamo,
aunque luego mi ensueño
se deshaga en cristales.
Elena Martín Vivaldi
(Granada, 1907-1998)
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar tan infelices.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados.
Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte.
Juan Gelman
(Argentina, 1930)
De mañana, con el sol, los locos se tienden
en los escalones del manicomio.
El sol los golpea con la fuerza del calor:
y ellos se dan la vuelta, en la piedra, esperando la noche.
Es porque la noche los empuja hacia adentro:
los obliga a respirar con más fuerza.
Y durante la noche, sus gritos
atraviesan los corredores.
De noche, nadie entra en las grandes
salas donde, como en un parque,
los sueños de los dementes se cruzan.
Nuno Júdice
(Portugal, 1949)
No me deja pasar el guardia.
He traspasado el límite de edad.
Provengo de un país que ya no existe.
Mis papeles no están en orden.
Me falta un sello.
Necesito otra firma.
No hablo el idioma.
No tengo cuenta en el banco.
Reprobé el examen de admisión.
Cancelaron mi puesto en la gran fábrica.
Me desemplearon hoy y para siempre.
Carezco por completo de influencias.
Llevo aquí en este mundo largo tiempo.
Y nuestros amos dicen que ya es hora
de callarme y hundirme en la basura.
José Emilio Pacheco
(México, 1939)
Se librarán del dolor del gramófono
torturado por la fricción y las agujas.
Vivirán castos, ajenos al pecado
de cantar a capella y con hambre
en simulacros y funciones
que los tiranos se regalan como escudos.
Los hombres que se quedan en casa
tarareando boleros
llegarán a la sabiduría.
Venturosa y serena
será para ellos y sus hijos esta vida.
Ligera la ceniza. Clara la eternidad.
Raúl Rivero
(Cuba, 1945)
Desde mi infancia vengo mirándolas, oliéndolas,
gustándolas, palpándolas, oyéndolas llorar,
reír, dormir, vivir;
fealdad y belleza devorándose, azote
del planeta, una ráfaga
de arcángel y de hiena
que nos alumbra y enamora,
y nos trastorna al mediodía, al golpe
de un íntimo y riente chorro ardiente.
Gonzalo Rojas
(Chile, 1917)
Nadie nos dice cómo
voltear la cara contra la pared
y
morirnos sencillamente
así como lo hicieron el gato
o el perro de la casa
o el elefante
que caminó en pos de su agonía
como quien va
a una impostergable ceremonia
batiendo orejas
al compás
del cadencioso resuello
de su trompa
sólo en el reino animal
hay ejemplares de tal
comportamiento
cambiar el paso
acercarse
y oler lo ya vivido
y dar la vuelta
sencillamente
dar la vuelta.
Blanca Varela
(Perú, 1926)
He vuelto desde un sitio del que nadie regresa,
no sé si fui empujado o decidí esa ruta,
probé todas las aguas y deseché la fruta
que me ofreció el barquero con tanta gentileza.
Cuando emprendí el camino, llevaba en mi cabeza
la fiebre inmemorial de la eterna disputa
entre el ser cotidiano y esa idea absoluta
que asume muchas formas y en ninguna se expresa
mejor que en ese viaje hacia un tiempo sin fondo,
hacia el silencio puro y el vacío más hondo
que pueda imaginar la conciencia del hombre.
Yo toqué ese silencio, su densidad, su frío
y conocí al barquero y hasta el agua del río,
pero soy incapaz de pronunciar su nombre.
Waldo Leyva
(Cuba, 1943)
La marcha de las cordilleras
Allá lejos
/CI/
Se hacía tarde ya cuando tomándome un hombro
me ordenó:
“Anda y mátame a tu hijo”
Vamos –le repuse sonriendo– ¿me estás tomando
el pelo acaso?
“Bueno, si no quieres hacerlo es asunto tuyo,
pero recuerda quien soy, así que después no
te quejes”
Conforme -me escuché contestarle- ¿y dónde
quieres que cometa ese asesinato?
Entonces, como si fuera el aullido del viento
quién hablase, Él dijo:
“Lejos, en esas perdidas cordilleras de Chile”.
Raúl Zurita
(Chile, 1950)


